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martes, 31 de marzo de 2015

LA CONDICION
Hoy ha sonado el teléfono. Ha sido una sorpresa después de tantos meses de silencio. Estaba en la cocina, y al ver la llamada el estómago ha hecho una acrobacia que me río yo de los del circo del sol. Que sentía no haber podido llamarme en este tiempo y para saber cómo estoy…y no sé qué decirle. Para sangrar cómo está…y no sé qué decirle. Que me podría despedir-me dijiste-que podría verte en un cuerpo que ya no era el tuyo y compartir silencios cogiendo tu mano. Que podría acompañarte hasta el final, hasta la puerta, hasta donde hacía ya mucho tiempo no habías dejado pasar a nadie. Y lo hice. La condición era cuidar de los tuyos. Y no he podido hacerlo.
Yo también le he confesado que odio los catorce de febrero, que tuve que pedir ayuda para desbloquear el dolor y dejarlo salir a borbotones de tinta. Que tú también escribías- me ha dicho- como si no lo supiera, como si no hubiéramos intercambiado textos hace ya tanto tiempo. Que habías empezado a escribir un libro y que tiene guardadas las hojas, pero no encuentra fuerzas para leerlo. Y me he mordido la lengua para no pedírselo con la condición de terminarlo. Porque tus finales siempre eran felices y en mis manos se estropearía.
Que me va a dar tus fotos-me dijo-Las de la época del instituto, cuando todavía eras la que yo recuerdo, la que trajo la confusión a mi orden aparente y lo cambió todo, con la condición de que no me olvide que ella está ahí, que me deje cuidar…pero no sé hacerlo.
-“Cuídate”, “tú también”, “nos vemos pronto”-…y he colgado. Y me he sorprendido a mí misma porque no me ha temblado la voz, he creído que la costra estaba fuerte, y he seguido mis quehaceres. Después he notado el sabor salado de las lágrimas, sin acrobacias en el estómago, deslizándose en silencio, mezclándose con los cacharros que enjabonaba. He vuelto a notar el dolor que dejó tu ausencia. Y me lo he permitido. Con una condición: coger este folio y dejarlo salir, a borbotones de tinta.

La colada

Aquel día notó un olor extraño en su desván. Miró a su alrededor pero todo estaba en orden, su micromundo perfectamente colocado: los armarios, las pilas de libros, los bolígrafos, los relojes…
Se sentó en la cama y buscó con la mirada entre los rincones, esperando encontrar una pista, pero todo le devolvía un guiño reluciente. Al fondo del cuarto, vio la puerta entreabierta que daba al baño y al cuartito de la lavadora, y entonces lo supo: Hoy tocaba hacer la colada. Llevaba tiempo posponiéndolo, porque la lavadora le causaba pavor. Podía montar en globo y pincharlo, saltar sin paracaídas, jugar a la ruleta rusa con el cargador repleto…pero la lavadora…¡era un monstruo con dientes dispuesto a devorarlo vivo! Suspiró. Cogió una libreta de la mesilla y se dispuso a no postergarlo más. Iba a apuntar una a una las prendas que desde hace tanto tiempo pedían a gritos ser lavadas:
Uno: Lavar mi sonrisa, que ha tomado un regusto ácido con el paso de los años y de sonreír sin ganas.
Dos: Lavar mi mirada, cubierta por un velo sucio tejido de desencuentros y huidas forzadas.
Tres: Lavar mi memoria, apelmazada de recuerdos dolorosos y áspera de alfileres en la amígdala.
Cuatro: Lavar mis rodillas de tantas caídas en toboganes de sueños en parques de la infancia, de la adolescencia y de hace un rato.
Cinco: Lavar la tristeza y echar litros de suavizante, para diluirla y que huela bien, a tristeza limpia y suave, de la que acompaña en silencio y tiñe los días de una melancolía casi agradable, indiscutiblemente necesaria.
Seis… Hizo un tachón. “No, eso no”. “No voy a lavarme las manos. Eso nunca. Seguiré haciendo malabares con la vida, encajando encuentros y distancias, despedidas, silencios, huidas, alfileres, recuerdos, rodillas, caídas, tus brazos, tristezas, miradas…”
Pero malabares con las manos conscientes, presentes, conocedoras de lo que tocan, lo que acarician y lo que raspa, lo que se clava, lo que se astilla, lo que contienen y lo que pierden, lo que se muestra y lo que se tapa. Malabares con la vida sí, pero con las palmas hacia arriba, sin tejer excusas, sin temer consecuencias… sin retirarlas.
 El olor extraño se evaporó. Hubiera jurado en ese momento que era olor a podrido. El olor inconfundible que dejan los que cuando deciden hacer la colada se lavan las manos y miran hacia otro lado.

La carta

Llevo varios meses pensando en escribirte, pero por un motivo u otro van pasando los días y me dejo seducir por la cómoda rutina, la estabilidad calmada y los cajones llenos de asuntos pendientes. Al fin he reunido las fuerzas, y he cogido este folio para volver a contarte de qué manera se van sucediendo las cosas desde que no estás. Porque te sigo echando de menos.
Últimamente paso parte del tiempo en una cuerda floja. Me asomo suavemente al abismo que se dibuja bajo mis pies y el vértigo hace que retroceda. Cuando me quiero dar cuenta, estoy otra vez en ella. Hay una guerra declarada entre el mareo y la adrenalina. He comprado pastillas para el mareo. Sé que acabaré vomitando, pero el precipicio me atrae con fuerza. Desde la última vez que nos vimos, he perdido el miedo a los espejos. No retiro la mirada y puedo ver hacia dentro, más allá de lo que recubre la carne, atravesando la sangre y los huesos. Ahora tengo espejos en blanco por toda la casa. Voy a clases de voz para hacerme oír y de miradas para hacerme ver. Creo que las transparencias sólo sientan bien en verano. He aprendido a dejarme abrazar sin convertirme en estatua y a besar a las personas que quiero. Cada vez me gusta más la artesanía. Moldeo barro y doy forma a emociones. A veces debo excavar mucho para conseguir un barro firme, pero siempre acabo encontrándolo. Cuando logras forjar la emoción y se hace visible, merece la pena haber sudado y haberte manchado un poco las manos. Una vez por semana excarcelo miedos. Con el tiempo he conseguido indultarlos y lo alterno con primeros auxilios, por si alguno se pusiera bravucón cuando sale de su celda. Combino estas actividades con un curso de buceo. Invierto horas en sumergirme sin bombona en aguas espesas de otros momentos y nado entre los recuerdos. Pero ya no temo a los monstruos. Ahora, nado con ellos.


lunes, 23 de marzo de 2015

INSPIRACIÓN DESDE HEMISFERIO IZQUIERDO

Buscar la inspiración en un instante no pensado
en un lugar extraño y en una emoción neutra.

Buscar que la mano se deslice como una gota de agua
perdida hacia el borde de lo tangible
para lanzarse y chocar en la nada
o estrellarse en lo sabido,
como en los besos.

Como en los versos-besos
como en los besos tras los versos
como una gota lágrima.

La misma mirada
misma cadencia
la misma pátina nostalgia y almendra.

Desprenderme de la piel y buscar las alas
dejar la ropa vieja arrugada en algún recodo
cambiar la melodía que fue banda sonora
e improvisar un jazz irreverente.

Que hoy para las musas
sea día de mudanza
del consabido hemisferio
que planificó mis versos
y cuadriculó mi vida.

jueves, 12 de marzo de 2015

La llave

Puedo girar la llave.
Abrir otra puerta y dejarla entreabierta.
Sentarme a esperar y ver qué sucede
o abrirla de un golpe.

Puedo jugar con corrientes de aire
que caprichosas la entornen,
la empujen...

mirar de soslayo para ver recortes.
Imaginar todo el plano.
Pillarme los dedos.
Volver a cerrarla.

Llamar despacito
sangrar los nudillos
reventar cerraduras
o echar el candado.

Pero odio las llaves.
De par en par todas las puertas
y mi vista...
hasta donde alcance.

lunes, 9 de marzo de 2015

Realidades

Vuelvo a la realidad de manera intermitente.
La realidad me gusta, pero cuando me transporto siento que podría despegar.
En el segundo en que se me olvida dónde estoy,
faltan unos milímetros para dar el paso,
pero no lo doy nunca.

La fantasía es engañosa, intangible,
no se puede acariciar la nada.
A escasos milímetros de la acción,
me asalta el vértigo y necesito escapar.
Y entonces vuelvo.
Y está bien, y me congratulo por haber detenido el espacio...
                unos instantes.

Enseguida noto desde los pies
cómo vuelven las ganas de despegar
en otro vuelo perfecto sin motor
directa al abismo del autoengaño.

viernes, 6 de marzo de 2015

Entre líneas

Siempre me costó leer entre líneas.
La empatía me salvaba en las interacciones, o me ahogaba en ellas, pero me costaba entender los sí pero no, los bien pero mal y los luego luego.
Lo más difícil era el digo una cosa pero hago la contraria (o al revés)
y me mataban los puntos suspensivos.
La suspendida siempre era yo, entre mi mente y las suyas.
Suspensa en adivinar, raspadito en deducción, ni lo intentes en interpretación .
Siempre quise saber por qué nos complicábamos tanto con metáforas, subterfugios y contradicciones, por qué hacemos de lo sencillo una tragedia, y de lo directo una telenovela.
Sin darme cuenta, en algún momento que no logro recordar, algo debió hacer clic, y  me descubrí escribiendo entre líneas.
Creo que al final, lo he entendido.
El miedo siempre se acerca dando un rodeo.

lunes, 2 de marzo de 2015

La coartada

Yo tenía una coartada perfecta.
Podía invocar a la inocencia y sangrar versos
podía reflejar el miedo
y hasta exportarlo.

Podía reventarme contra el muro
airado y firme del desengaño
o de un rechazo...
y levantarme.

Podía descubrir mundos enteros
apenas perfilados en unos ojos
o hacer de una caricia
la obra de arte más perfecta.

Podía cabalgar en dudas eternidades
y abrevarlas con preguntas sin respuesta.
Podía alardear de ser inestable
y hacer del desconsuelo mi bandera.

Yo tenía una coartada perfecta...
que perdí en algún lugar
mientras crecía.